Adolfo tiene una voz radiofónica, aterciopelada, de esas que se enganchan en el oído. Sin embargo, hasta el sonido de su voz desaparece mientras avanzan, decididas, todas sus palabras. Su discurso es rotundo cuando habla de la misma Europa en la que se desarrolla su última novela, «Pasajero K». Esa Europa, trasfondo de todos los acontecimientos y que ha sido el germen también de algunos de ellos, que siempre propicia la búsqueda de la identidad. «Europa es el reto de los europeos, porque siempre hemos tenido una relación ambigua con esa identidad europea. Hay una Europa de los cambios sociales, una Europa de las guerras y de los asesinatos, una Europa de la violencia tremenda; pero todas están unidas por una permanente, digamos, dialéctica sobre la identidad. Es decir, jugamos a ser europeos, pero no queremos renunciar a ser lo pequeños que somos cada uno. Esas pequeñas fronteras, esos pequeños países, se convierten en el centro del universo y aparece la pureza nacionalista, la pureza étnica en último extremo».
El sueño de esa Europa compartida es lo que busca el protagonista de «Pasajero K», que es un europeo que ha tenido referencia siempre, como cualquiera de nosotros, de la grandeza que ha supuesto la cultura europea, y que siente cómo se queda aplastada por algo tan aparentemente corriente, pero tan tremendamente feroz, como fue el conflicto armado de los Balcanes. La misma Europa en la que, según Adolfo García Ortega, sobra gente. «Sí, pero no es que lo diga yo; es que las guerras mundiales siempre han tenido por objetivo eliminar a equis millones de seres humanos, focalizar la economía en una sola dirección, llámese economía de guerra, llámese armamentística, y cambiar los papeles a los protagonistas de la acción política. Hoy por hoy, en Europa, las víctimas mortales de esa guerra económica son los parados, que hay que empezar a verlos como un tipo de ciudadanos europeos que no es que vayan a encontrar trabajo en otra cosa, sino que no se van a recolocar; lamentablemente, la percepción que se tiene es que esos puestos de trabajo se destruyen para siempre».
El niño que murió en Auschwitz
Escuchar al autor de «El comprador de aniversarios», el mismo que rescatara la vida no vivida de un niño de tres años que murió en el campo de Auschwitz, sin que quedara más constancia de su existencia que las exiguas líneas dedicadas por Primo Levi en «La tregua», resulta estremecedor. La imagen narrada por el escritor judío de como un muchacho de 15 años cuidaba con devoción el diminuto y paralizado cuerpo de un niño al que había encontrado temblando sobre la nieve en un camino del campo de concentración impactó tanto a Adolfo García Ortega que se prometió devolverle la vida no vivida, algún día, a través de la literatura. A él y desde él, a tantos cuyas vidas quedaron quebradas en la masacre del nazismo.
Dos novelas después de aquella repleta de horror y crueldad humana, aunque hilada por la breve ternura de los momentos más emocionantes del espanto, García Ortega, con su «Pasajero K» en la mano, dice que «sobra gente»: «Quizá cuando lo dije fui demasiado radical, pero es que la realidad es que no hay trabajo y somos muchos en Europa. Lo que habría que hacer es distribuir la riqueza para dar a todos. El problema no es ‘‘bueno, como no hay trabajo, sobra gente’’…, sobra porque no hay dónde ubicarlos. Ahora bien, el capital, que es el eterno problema, no deja de ganar dinero, no ha renunciado a sus beneficios y lo vemos en los casos de estos bancos donde los que se van, los directivos, tienen un dinero exagerado, unos millones enormes como indemnización. Lo que quiero decir no es que sobre gente y que haya que eliminarla, faltaría más, sino que, en esta guerra económica, el parado es el equivalente a la víctima de otras guerras».
Al menos, de momento, esas víctimas aún respiran y, pese al difícil momento y a las peores perspectivas, parecen sostener en las miradas las esperanzas de un cambio, quizá radical, que les devuelva la vida de antes o les ofrezca una distinta, pero que también merezca la pena. «Y, sin embargo, ¿quién nos dice a nosotros que dentro de unos años en Europa no habrá un gobierno radicalmente populista y nacionalista que determine que estos parados no son de posible ubicación y empiecen a ser eliminados? Lo que el ser humano ha aprendido en la historia es que no se aprende nada con la historia. Es decir que, realmente, la experiencia no sirve para mejorar al ser humano; aprendemos técnicamente, pero no aprendemos ni política ni moralmente», añade.
Como un escalofrío
Según lo dice, no me queda más remedio que pensarlo y dejar que me recorra el escalofrío del recuerdo de ese horror de la Segunda Guerra Mundial, escenario de «El comprador de aniversarios», o del 11-M, donde se desarrolla la historia de «El mapa de la vida», o de las terribles violaciones utilizadas como arma de guerra en Bosnia, que tan minuciosamente se describen en «Pasajero K». «Pero yo no quiero contar el horror. El horror viene contado de rebote, digamos, o a mi pesar. Yo lo que quiero contar son historias positivas, historias de amor, historias emocionantes; lo que pasa en que el contexto en que están ubicadas, rodeadas por esa violencia que las amenaza, aparecen mucho más contrastadas. Y es cierto que cuando me pongo a escribir un libro busco contar mi tiempo de una manera clara y busco el contraste de todo el bien que se pierde por el mal. O sea, el mal es una fábrica de asesinato del bien, permanentemente».
Vidas truncadas
Adolfo hace una breve pausa antes de seguir contándome que cuando estuvo en Auschwitz no vio otra cosa más que mucha gente pululando por allí y una cantidad de vida perdida. Y que cuando pensó en el 11-M lo hizo porque lo que más le emocionaba era la cantidad de vida que se había truncado en aquellos trenes, igual que se truncó en el Holocausto y en todos los genocidios fascistas, llámese lo que hicieron los comunistas en la Unión Soviética o lo que han hecho los ultranacionalistas en Bosnia, en el conflicto de los Balcanes. «En fin, yo creo que el mal es terrible no solamente porque puede producirnos horror su manera de manifestarse, sino por la cantidad de vida, de ternura, de historias de amor y de emociones que se suspenden y se pierden».
Me resulta extremadamente sorprendente la capacidad que tiene García Ortega para recuperar los valores esenciales en algunos de los personajes de sus novelas, por mucho que anden presos en sus propias historias y en las tragedias de los momentos que viven.
En su última novela, quizá nadie se salva tanto como Sidonie, la joven periodista transmisora de la verdad y testigo de lo que está pasando en un mundo en el que lo periodístico está un poco puesto en entredicho, porque parece como que todo el mundo puede ser periodista, aunque no sea verdad, y porque existe una propensión a diluir la información en el espectáculo hasta hacer que se pierda casi por completo. Ella, a pesar de todo, se siente con la obligación de ofrecer esa contribución a la humanidad, aún sin saber si cree mucho en ella y, además, opta por ir adelante con un embarazo que está rodeado de incertidumbres. «Yo creo que ése es uno de los factores por el que Europa puede cambiar. Porque aunque Angela Merkel sea mujer y Margaret Thatcher también sea mujer (aunque nadie haya podido comprobarlo,– dice bromeando–), las mujeres tienen que tener un papel mucho más allá de la mera paridad social y laboral, a nivel político, a nivel de los puestos de poder en las empresas y los bancos. Tiene que haber un papel de lo femenino mucho más profundo y extendido. Entonces, esta protagonista, en el fondo, es un canto a la vida y un canto al futuro. El futuro va a ser Sidonie, no Balmori, el ‘‘Pasajero K.”».
De cerca
11-M, Holocausto, Bosnia… «Yo creo que se debe perdonar, sin duda, porque es lo único que impide avanzar al rencor. Olvidar no. Pienso que la memoria es fundamental y que el perdón no está reñido con el olvido».
Personal e intransferible
Cuando le pregunto a qué se refieren cuando dicen que sus novelas son postmodernas, esboza una sonrisa y responde: «Yo creo que a todo escritor que no escriba una novela convencional los críticos lo despachan como difícil, raro o posmoderno». Pero lo cierto es que él maneja los distintos planos en sus novelas, igual que en la posmodernidad se contextualizaban diferentes creatividades, y que los críticos de las mismas suelen decir, por ejemplo, que son obras de arte. Pese a todo, cuando se le pregunta quién es a este vallisoletano nacido en el 58, casado y con dos hijas, editor, articulista, escritor y poeta, no duda en contestar: «Un absoluto desconocido».